miércoles, 24 de septiembre de 2014

Fogones de Japón II


El konbini se convirtió en uno de nuestros recursos más utilizados para los desayunos y hamaiketakos, su gran variedad de productos tanto embasados como precocinados en la misma mañana o en el local nos llamaba mucho la atención, y más cuando encontrábamos productos tan extraños como perritos calientes de crema de melón, masa de bollo de chocolate a semi-cocer, buñuelos rellenos de nata amarga de té verde... Todas las mañanas intentábamos comprar algo divertido e inusual para desayunar, por lo que nuestro primer lunes en Japón no fue una excepción. Con nuestro café frío en una mano, y un pizzaman (bollo de arroz al vapor relleno de salsa de tomate, orégano, quesos y carne picada) en la otra, bajamos al metro para ir hasta Chuuou-Ku, barrio que nuestra academia compartía con los jardines del Palacio Imperial, y el Nippon Budokan, el estadio de las artes marciales de Tokio.
Para llegar a Jimbouchou, la estación de metro más cercana a nuestra academia, teníamos que coger el servicio local de metro (los trenes de servicio local paran en todas las estaciones de la línea mientras que los servicios rápidos y express se saltan las estaciones menos importantes) por lo que los vagones siempre iban repletos de hombres y mujeres trajeados, todos iguales, camino al trabajo y adolescentes uniformados sin ganas de ir a clase. Y cuando digo repleto me refiero a que estábamos tan apretados como las sardinas en lata. No teníamos espacio ni para movernos, para salir del vagón la gente se tenía que abrir paso con los codos pero siempre intentando no molestar ni hacer daño. Por suerte, esto sólo duraba hasta dos estaciones más desde la que habíamos cogido el metro. El resto del camino, aunque había que hacerlo de pies, se convertía en un alivio por poder respirar tranquilamente. Aunque, siendo sincero, era una de las partes más divertidas de la mañana.

Siendo el primer día de academia nos tocaba realizar un examen para saber en que nivel situarnos. Tras pasar un par de horas de nervios y una entrevista en la planta baja del edificio, llega la hora de comer. Volvemos al mismo restaurante en Yoyogi en el que cenamos la noche anterior, el trato amable y la variedad de platos nos habían encantado por lo que nos animamos a repetir. Ésta vez llegué con poca hambre, los nervios me habían cerrado el estómago, por lo que me decidí por un cuenquito de Katsudon (bol de arroz blanco con revuelto de huevo, cebolla pochadita y cerdo en tenpura). Aunque por el nombre debí de imaginarme que iría acompañado de otro bowl enorme de fideos udon hirviendo.


Con los estómagos llenos nos vamos a Akihabara, meca del Otaku o Freak y hogar de la subcultura Akiba-Kei. Si tu pasión es el manga o el anime (comic y animación japonesa), los videojuegos, la tecnología y la música, éste es tu barrio. Calles repletas de pequeñas tiendas de manga y anime, figuritas, discos, videojuegos y consolas tanto nuevas como antiguas y merchandising de todo tipo; cafés en los que las camareras van disfrazadas de personajes de animación y actúan cómo ellos y, algo que aquí ya es casi imposible de ver, algo que ha desaparecido casi por completo en España, salas de recreativos de hasta 5 pisos. El bullicio de las calles japonesas es comparable al silencio más absoluto cuando entras a estos Game Center dónde decenas de máquinas se amontonan con todo tipo de premios y regalos. A uno de nuestros compañeros, gamer experienciado, al ver la rapidez y el nivel de los usuarios de estos recreativos no llegó a atreverse a sentarse frente a una de las máquinas.



El hambre hace mella tras una tarde entera de diversión, es hora de descubrir la cocina fusión ítalo-japonesa en uno de los restaurantes cercanos a la plaza de la estación central de Akihabara. Al salir de la estación podrás ver un hotel a la derecha, cruza su hall hasta la entrada trasera y bajando unas escaleras encontrarás un restaurante de pasta italiana al estilo japonés. Unos deliciosos espagueti con salsa de salmón y sazonado con sus propias huevas junto con alga nori. De postre, una barra entera de pan de molde recién horneada y rellena de queso acompañada con nata, mermeladas y fresas glaseadas.

Terminamos la noche dando un paseo por el barrio con más luces de neón de la megalópolis japonesa, la ciudad que nunca duerme. En pocas horas darían las doce de la noche y dejaría de ser, oficialmente y en horario japonés, menor de edad. Aunque eso mejor lo dejamos para la tercera entrega de ¡Fogones de Japón! Un paseo por los jardines del palacio imperial, una tarde en Ginza, el barrio del lujo y la elegancia en Tokio, y terminamos cenando en un restaurante de los más inusual al que Disney Studios no le tiene nada que envidiar.



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